El diálogo ciencia y fe

RELACIÓN ENTRE CIENCIA Y FE
Por: Pedro Trevijano Etcheverria

“La fe y la razón son las dos alas con las que el espíritu humano se dirige a la contemplación de la verdad”.

Creo que el don más grande que el ser humano ha recibido es su inteligencia, es decir su capacidad para pensar y razonar. Pienso también que la creencia en Dios es una elección racional, y si soy creyente es precisamente porque me parece que es más racional que su contraria, y que los principios de la fe no se oponen a los principios científicos.

El objeto de la ciencia será aquello que el hombre puede conocer por medio de su razón, apoyándose en la experiencia y en los medios e instrumentos que posea. Gracias a la ciencia, vamos dominando la naturaleza. Con sus conocimientos y actividad, el hombre transforma las cosas y la sociedad, y también debiera perfeccionarse a sí mismo. Ahora bien, la actividad científica es autónoma, tiene sus propias leyes y valores, que el hombre debe descubrir, emplear y ordenar, lo que además responde a la voluntad del Creador En cuanto a la calidad del conocimiento en sí, el conocimiento científico supera a la fe. Yo estoy más seguro de mi existencia (hecho científico), que de la existencia de Dios (hecho de fe). Por eso a la fe se la representa con los ojos vendados y san Pablo nos dice que desaparecerá en el cielo, cuando conozcamos a Dios cara a cara (cf. 1 Cor 13,12). Pero el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y ha sido dotado de una libertad que nos permite aceptar o rechazar los planes divinos. Por ello sus conocimientos los puede utilizar tanto para el bien como para el mal.

No nos extrañe por ello que diversas formas de humanismo ateo, elaboradas filosóficamente, presenten la fe como nociva y alienante para el desarrollo de la plena racionalidad. Incluso en el ámbito de la investigación científica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista que no sólo se ha alejado de cualquier referencia con la visión cristiana del mundo, sino que también ha olvidado toda relación con la visión metafísica y moral, llegando algunos, al carecer de toda referencia ética, a creerse dotados de un poder demiúrgico sobre el ser humano mismo (cf. San Juan Pablo II, Encíclica «Fides et ratio» nº 46).

Los creyentes pensamos, por el contrario, que la investigación científica y la convicción espiritual pueden ir y van, de hecho, tranquilamente de la mano. La fe y la razón son las dos alas con las que el espíritu humano se dirige a la contemplación de la verdad. Hay en todos los tiempos muchos científicos de primerísimo categoría creyentes. En 1961 y en 1997 se preguntó a biólogos, físicos y matemáticos si ellos creían en un Dios que se comunicara activamente con la humanidad y a quien uno pudiera rezar con la expectativa de recibir una respuesta. En ambos casos el porcentaje de los que respondieron afirmativamente rondó el cuarenta por ciento.

Para el genetista Francis Collins, premio Príncipe de Asturias y director del Proyecto Genoma Humano. «En mi opinión no existe ningún conflicto entre ser un científico riguroso y una persona que cree en un Dios personal que tiene un interés personal en cada uno de nosotros. El dominio de la ciencia es explorar la naturaleza. El dominio de Dios es el mundo espiritual». El verdadero motivo de la fe es la relación de la persona humana hacia la persona de Dios, en la cual cree, espera y confía. La fe no se demuestra, se siente y se vive, porque es la confianza total de una persona hacia otra.

Sobre la relación entre fe y ciencia, nos dice el Concilio Vaticano II: «La investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios» (Gaudium et Spes nº 36). Y el Catecismo de la Iglesia Católica: «‘Fe y ciencia’. «A pesar que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón. Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir a lo verdadero» (nº 159). Pero es el Concilio Vaticano I, el que mejor nos ilumina: «Y no sólo no pueden jamás disentir entre sí la fe y la razón, sino que además se prestan mutua ayuda, como quiera que la recta razón demuestra los fundamentos de la fe, y por la luz de ésta ilustrada, cultiva la ciencia de las cosas divinas; y la fe, por su parte, libra y defiende a la razón de los errores y la provee de múltiples conocimientos» (D, 1799).

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El hallazgo sobre el Big Bang, ¿ofrece pruebas de Dios?

El sorprendente descubrimiento anunciado esta semana de ondas en el tejido del espacio-tiempo ha sacudido al mundo de la ciencia, y al mundo de la religión.

Ha sido presentado como evidencia de la inflación (una expansión del universo más rápida que la velocidad de la luz); el nuevo descubrimiento de rastros de ondas gravitacionales afirma los conceptos científicos en el campo de la cosmología, la relatividad general y la física de partículas.

El nuevo descubrimiento también tiene implicaciones significativas para la cosmovisión de los judeo-cristianos, y ofrece un fuerte respaldo para las creencias bíblicas.

Ésta es la razón:

La teoría prevalente de los orígenes cósmicos antes de la teoría del Big Bang era la del “Estado sostenido”, que afirmaba que el universo siempre había existido, sin un comienzo que necesitara una causa.

Sin embargo, esta nueva evidencia claramente sugiere que hubo un comienzo para nuestro universo.

Si el universo de hecho tuvo un comienzo, por la simple lógica de causa y efecto, tuvo que haber un agente -separado e independiente del efecto- que lo causara. Eso me suena mucho a Génesis 1:1: “En el principio Dios creó los cielos y la Tierra”.

Entonces, este último descubrimiento es una buena noticia para nosotros los creyentes, ya que agrega un apoyo científico a la idea de que el universo fue causado -o creado- por algo o alguien fuera de él y que no dependía del mismo.

El astrónomo ateo que se convirtió en agnóstico, Fred Hoyle, quien acuñó el famoso término “Big Bang”, hizo esta famosa declaración: “Una interpretación con sentido común de los hechos sugiere que un superintelecto jugueteó con la física”.

Como Hoy le lo vio, el Big Bang no fue una explosión caótica, sino más bien un evento altamente ordenado, que no pudo ocurrir por casualidad.

También debemos recordar que Dios se revela a sí mismo tanto a través de la escritura, como de la creación. El reto está en ver cómo se acoplan estos dos aspectos. Una mejor comprensión de cada uno puede informar nuestra comprensión del otro.

No sólo se trata de abrir la Biblia y leer cualquier cosa que encontremos allí desde la perspectiva estadounidense del siglo XXI. Tenemos que estudiar el contexto, la cultura, el género, al autor y a la audiencia original para entender la intención.

El mensaje de la creación en Génesis nos dice que Dios creó un lugar especial para que los humanos vivieran, prosperaran y estuvieran en comunión con Él, que Dios quiere tener una relación con nosotros, y prepara todo para que estemos en comunión con Él, incluso después de que nos alejamos.

Entonces, sabemos que el Génesis nunca tuvo la intención de ser un manual científico detallado, en el que se describe cómo Dios creó el universo. El mensaje que imparte es teológico, no científico. (Imagina qué confusos serían los mensajes acerca de las ondas gravitacionales y la materia oscura para los antiguos lectores hebreos).

Como científica y creyente moderna, cuando veo el cielo estrellado en una noche despejada, recuerdo que “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Salmo 19:1). Me siento maravillada ante la complejidad del mundo físico, y cómo todas las piezas encajan a la perfección y se encuentran en armonía.

En el libro de Jeremías, en el Antiguo Testamento, el escritor nos cuenta que Dios “estableció su pacto con el día y la noche y con las leyes del cielo y de la tierra”.

Estas leyes físicas establecidas por Dios para gobernar las interacciones entre la materia y la energía resultan en un universo afinado con precisión que proporciona las condiciones ideales para que se desarrolle la vida en nuestro planeta.

Cuando observamos la complejidad del cosmos, desde las partículas subatómicas hasta la materia y la energía oscura, rápidamente concluimos que debe haber una explicación más satisfactoria que una simple casualidad. Si se practica adecuadamente, la ciencia puede ser un acto de adoración al ver a Dios revelarse a sí mismo en la naturaleza.

Si Dios verdaderamente es el creador, entonces Él se revelará a través de lo que ha creado, y la ciencia es una herramienta que podemos usar para descubrir esas maravillas.

Por Leslie Wickman, directora del Centro para la Investigación de la Ciencia en Azusa Pacific University. También se desempeñó como ingeniera en Lockheed Martin Missile & Space, donde trabajó en el telescopio espacial Hubble de la NASA, y en los programas de la Estación Espacial Internacional.